La noche transparente Capítulo I (excerpt)

ride

I

Son pardas las colinas, amarillas y polvorientas, a veces verdes, Dije. Bebíamos tequila y hacía tiempo perdí cuenta, pero la de los pases sí, una línea de sangre bajando desde la nariz no es lo recomendable para el ummagummeo. Los malditos vecinos ladillaban con el: apaga esa vaina o llamo a la policía. Apareció un taxi. Marú lo detuvo y comenzó a llamarme. Nos montamos con las otras tipas. Ya en el auto, interrumpí una cháchara que libraba Marú, metiéndole mi lengua en su boca. ¿A dónde van? dijo el taxista, como para evitar el bochinche. A la calle del hambre dijo Karen. Por favor, añadió Julia. Karen estaba en el puesto de copiloto, no paraba bolas. Llegamos a la calle y cuando fui a pagar ya Karen lo había hecho. Mira, comemos, vamos a mi casa, agarramos el carro y rodamos y tú lees poesía. Ese era el plan de Karen. ¡Si va!, aprobé. Comimos perros, full de salsa, sobre todo de ajo, que según algunos entendidos, quita la pea. Le echamos bolas por la carretera vieja. No importa. Rodar, rumbo al amanecer. El tripeo. La merma. Marú desmoñó un pedazo que le di, Karen puso el rollin y Marú terminó haciendo el joint. Soda Stereo. Las patadas. Joy Division. Reímos. Viene el sol. (Recordé algo de The Velvet Underground).

Estábamos cerca de Valencia, por el lago. Amanecía. Habíamos estado hablando de pesadillas, durarían un buen rato. La luz del sol era más rosada que dorada. El carro andaba despacio por entre callejuelas dormidas. Todo el pueblo se despertaba. Andaban algunos que le ganaron a la noche. Éste es el horizonte, dije. Karen estaba alegre, se veía graciosa con su vestido floreado. Marú me miraba directo a los ojos. Rompí con dos buenos días y las besé. Fuímos a la noche, lanzó Karen. Marú se lanzó encima de mí y comenzó a besarme el cuello. No vayas a joder este momento, dijo susurrándome al oído. Karen veía todo distraidamente sonreída.

De vuelta en la carretera, mi humor se fue al carajo a cada kilómetro. Maracay ya estaba despierta. Tráfico. Gente. Una chica nos veía, desde el carro donde iba, detenido por el semáforo. Parecía aburrida. Desyunamos, más el interés de monchar. Marú, siempre jodes, siempre, me quejo. Y tu con tus drogas, maldito, se queja (ella). Jódete, dije, a la defensiva. Jódete tú, sé que luego vendrás con una banderita blanca. Karen se rió y no la culpo. ¿Saben? Jódanse los dos, en la tarde van a estar tirando; si no, antes, terminó Karen. Pagamos y nos fuímos. Se acabaron los cigarrillos. Me dolía la cabeza. Todo estaba bien, en el fondo. El camino huele a manicomio, comentó Karen. No, es el mundo lo que huele a manicomio. Llegamos a La Victoria, otra vez. Se bajó Marú, todo un espectáculo: bajita, no tan delgada, morena, está buena. Había gente en la calle, pero todo estaba cerrado y desierto. Todos estos malditos esclavos deben estar despertando, soltó Karen. Dame un cigarrillo. Intervino Marú, tu sinceridad es a prueba de amistades. Me alejé de ella; aunque sin dejar de verla. Llegamos a nuestro punto de origen sin menores incidentes. Marú quería saber qué hacía con Karen. ¿Caminaban en el borde la azotea?, inquirió. Sip, siempre en las madrugadas, conté, despreocupadamente. Ustedes dos no son muy habladores, cómo hacen?…ella trataba de entender…

Comprendí en ese instante que Karen y él estaban más unidos de lo que podía imaginar. Se ven tiernos, son las personas más agridulces que he conocido, él me mira a los ojos, no aguanto, miro al suelo y espero que Karen baje pronto.

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