Diario de un escritor (excerpt)

charles

11/I

En alguna calle de Catia, Caracas.

6:30 pm, nubes, vientos suaves.

 

No es de noche aún, la luz del sol se apaga como el eco de un mal pase. Voy caminando y veo rostros que muestran más que el sucio acumulado durante el día. Un sentimiento de profundo pesar consume a los hombres de bien. A tus amigos, Balzac, los burgueses.

 

Pareciera que en las sucias calles se bañan los perros y luego viene la gente a verse en el reflejo de las charcas. Hay unos vagabundos que se pelean por un rincón limpio de un nuevo edificio. Pelean encarnizadamente hasta que uno de ellos pierde y saca su cuchillo, buscando la manera de enterrarlo en el abdomen de su contrincante de turno. Pasa todos los días. Siempre llega la muerte. Incluso para mí. Pensando en esto, pongo a sonar “Corporal Clegg” y espero a que caiga alguien que se será devorado por quienes aún viven, la carne de alguien que acaba de morir es tierna, jugosa y calida y esponojosa. Un trozo de carne, para traficarlo y así salvar el día, o ganar algún favor, o para algún rito que abra cualquier umbral que dé a las calles actuales donde el pulso empieza a calmarse y las cadenas que chillan al ser arrastradas por el suelo ya no me recuerdan mi presidio, pues el ruido logra disimular y un largo eco que no puedo distinguir; hasta que las luces de un Galaxie 500 color rojo me escandila, mientras el chofer, que ha clavado los frenos, saca la cabeza por la ventana y comienza a insultarme y yo no entiendo nada y no veo un carajo. Me falta oxígeno. Paso por un callejón, veo unas siluetas, me acerco un poco. Una pareja de homosexuales, uno de ellos arrodillado, lamiendo la verga de quien está de pie y recostado sobre una pared que tiene un afiche que tiene una foto del papa Benedicto. Me pareció que se había tragado semen, el otro sumergido en su orgasmo. Paso. No me ven. La vagina de Stefi. Su maldito sabor. Salada. Sanguínea. Ese sabor húmedo, de un gusto… prefiero olvidarlo todo y seguir caminando, caminando, caminando. Olvidar la frenética carrera al olvido y la nada. Prefiero concentrarme en la avenida Rómulo Gallegos.

 

11/I

Urbanización Altamira, av. Rómulo Gallegos.

Casa Rómulo Gallegos.

8:42 pm, no hay brisa, cielo despejado.

 

En el CELARG hay una maldita presentación de libros. Voy acercándome. Comienzan a recocerme, o más bien, pensar de que soy alguien, no sé, conocido; aunque ninguno d estos podría decir a quién les recuerdo. Mejor. Los periodistas y sus bayonetas. Nadie ha podido matarme. Me decepciono. Sigo caminando. Me invade una inconmensurable; pero tranquila arrechera, que me obliga a clavar la mirada en el suelo y evitar, en lo posible, establecer alguna clase de contacto. Soy un soldado sin guerra y escupo fuego. Veo un televisor donde sale un video de música donde aparece, no sé, creo que Julieta Vanegas, y tiene sus manos extendidas y de ellas salen mariposas y flores que se me antojan girasoles y me río, pues no puedo concebir nada más gay que eso, incluso, es una imagen cursi, propia para cualquier chica que sigue creyendo que el amor, al menos lo que ella cree que es el amor, existe. Engaño. Mentira. Jajajaja.

 

12/I

El Trasnocho. Recital de…

8:15 pm

Acaba de llover, brisa fría.

 

Estoy sentado, en una mesa grande, un panel, lleno de gente que reconozco pero prefiero no darme cuenta que estoy aquí con estas personas. Nadie se ha dado cuenta; pero me he puesto mi ipod, nuevamente, donde escucho “The Celebration of Lizard” me doy cuenta de que me duelen los riñones. Estoy enfermo. Mi doctora me ve y se lee en su expresión: “este jovencito ya está bien jodido”. Me bebo la copa de agua. Necesito una cerveza. Necesito comer. Estoy vencido, así que me entrego a lo que sea que se esté dando. Después de todo, debo cumplir con lo que vine hacer, es decir, leer unas cuartillas que he compuesto en alguna madrugada hace como quince días. La gente parece luciérnagas que iluminan nuestros egos ya inflados. Siento la cicatriz de mi pecho, no la toco; sólo la percibo. Recuerdo el hospital de campaña. Tan oloroso a sangre y pólvora. El olor a muerte. Carajo! En las batallas, sí que me sentía vivo! Deseo que amanezca, a pesar de que ni siquiera son las 8. Gaby llega y se sienta atrás. Me siento apoyado. Al fin llegó la caballería. La Valkiria. Me anuncian y no veo a ninguna parte, y aplauden, y comienzo a leer y me concentro en leer, nada más importa.

 

Uno de esos fantasmas salen a decir lo que siempre dicen y me ordena que haga literatura, que escriba “cosas literarias”, mi respuesta es simple «y qué rayos será eso?» porque todo lo que era la literatura, todo lo que se conoce como literatura, se ha ido, ha desaparecido. Se ha esfumado en su manto de poéticas, estéticas, de discursos y disertaciones que nadie entiende y que a nadie le importa, de “cuidado con lo que dices”, de respeto al lector, de sujetos postmodernos problematizados tratando de de quebrar o imponer algo que apenas puede concebir. Como tengo mis propias palabras, soy mi propio centro. Escribir se ha convertido en un vuelo que se prolonga con la misma crueldad de un muro infinito.

 

Entonces me pongo a pensar en que uno de mis reiterados pensamientos matutinos es que quizá mi tiempo en este mundo ya se agotó. Cada día que pasa es un regalo, una ofrenda de libertad, entonces pienso que me duermo sintiendo que mis manos se abren como las nubes. No me doy cuenta y ya ha terminado esta tertulia. Me invade cierto pánico porque no sé qué más dije, sobre todo me asusta ver la cara de una chica a la que me gustaría invitarle una botella de sake y ver qué pasa. Mi Mont Blanc, pesa, me recuerda que estoy firmando autógrafos y le pido el nombre y ella me dice «Verónica» y me pregunto si es la misma jeva que salía con mi amigo Ernesto, lo que pasa es ando con Gaby (o será que ella anda conmigo?) y no me gusta andar mezclando vainas. Le firmo su cuestión, me da las gracias, se voltea, se va, llega Gaby con una taza grande de café, que humea bien de pinga. Las cosas que estoy viendo parecen estar muertas. Y es entonces cuando empiezo a sentir un poco de malestar, me lleno de tristeza y me siento como cuando uno está en una fiesta y aún así, no puedes dejar de sentirte miserable.

 

Hablando de fiestas, esta noche (o sea, cuando salga de esta vaina) voy a un desnalgue, a una depravación, a un coje culo inaudito, un fósforo encendido dentro de un ataúd enterrado en su última morada. Preciso es morir.

 

En la puerta de su edificio encuentro a Andreína. Ella, siempre viendo a todos lados. Nadie nos ve. Vamos agarrados de la mano. Y yo le digo cualquier mierda poética que me viene a la cabeza y la emocione y me permita besarla, meterle mano, divertirme con sus colores rosados. Al llegar a la plaza Brión, notamos que había por allí en la misma onda. Todo un movimiento: ganyeros, ponketos, gallos, menores, etc. Nos sentamos en un banco solitario, la veía de perfil y ella veía a la gente, distraída. Entonces metí mi mano debajo de su minifalda y comencé a acariciar su sexo, cuando se puso húmeda, comenzó a mostrar vergüenza y trataba de respirar tranquilamente; pero yo no la dejaba: quería que gimiera. Trataba de detener mi mano; aunque en realidad lo que hacía era afirmar el ritmo. Su piel estaba caliente. Una lenta marea inunda mis manos y ella se sumergió en mis hombros para emitir libremente diversos gemidos. La ciudad se duerme. Pensé que su cuerpo iba a succionar mi mano, más adentro y profundo, lo suficiente como para que mi alma no escape.

14/I

PH Edif. Altagracia. Quinta transversal de Los Palos Grandes.

9:16 am, vientos frescos, nubes.

 

Las horas pasan sin dejar de recordarnos el aburrimiento que implica vivir en estos tiempos y en estas ciudades. La vastedad de todo, el vacío de los lugares, aniquilamiento de los encuentros y aunque fuera posible un nuevo camino, los días siguen iguales, y todo parece irse de las manos y los días cambian justamente para que todo siga igual. «fumemos» me dice la compañera de turno, luego de haber fachado, con la prontitud necesaria como para conjurar un momento de angustia.

                    

Hoy es un buen día. Suena “June Afternoon” y no habría posibilidades de que me sintiera mal. Intento decidir algo, pero más que decidir, trato de no escoger alguna jugada estúpida. Mi desconcierto es total, pues no entiendo cuál sería el problema. Las luces de la ciudad tienen sonidos que a lo lejos encallan en el olvido. Está amaneciendo. Me doy cuenta de que sigo viviendo.

 

«hey!! Qué haces aquí?» Amanda había llegado a su apto. Venía del gimnasio. Sudada, bella, en licras, con olor…a…vida. «vine a buscarte» solté. «quééé? Cómo?!» respondió ella, no sabiendo si horrorizarse o brincar de la emoción. «definitivamente estás loco. Además tienes una cara de sueño que no te la quita nadie.» me puse de pie y comencé a verla fijamente. «quizás tu sí» le dije, a ver qué sale. «ajá y cómo hago?» ella, como quien no quiera la cosa. «bésame» dije con suave firmeza. Ella se me acercó y dejé que me besara. Un beso ahí, normalito; pero sus labios, sus carnosos labios con sabor a cacao, recordé el fondo del mar. Le dije par de versos donde metí lo del fondo marino y aunque le gustó el asunto, sé que no entendió lo del mar. Pasamos a su casa. Me preguntó cómo era eso de escribir. Le expliqué lo básico: un ve, busca palabras que expliquen lo que uno ve, y luego anota todo eso. Ella me preguntó si yo creía en lo que hacía. Nunca le iba a decir que sí. Más bien le dije que dos versos que le susurré al oído le trajeron algo de felicidad. Ella sonrió. «siempre trae algo bueno» y dije esto, con la mirada perdida, viendo a través de la ventana. 

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